El juramento de la sangre

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Mensaje  Tyson Tyler el Lun Sep 10, 2012 10:32 pm

¿Por qué morimos?
Porque estamos vivos. Ambas cosas son irremediablemente inseparables. La vida siempre desemboca en la muerte, y ésta a su vez sirve para encarnar nuevamente vida.
Esa fue la primera lección que aprendí, cuando apenas era un niño. Vivía en una gran aldea dragnea, aunque también había gente de otras razas, de orejas picudas, pelos de vivos colores y orejas de zorro. La caza era un medio básico de subsistencia, y no pasó mucho tiempo hasta que mi padre nos llevó a mí y a mis hermanos de expedición.
Matamos un bebé foca. Mi padre le clavó un arpón en el costado que le dejó retorciéndose en el suelo blanco que se encharcaba son su sangre, mientras aullaba de dolor con su vocecita infantil y tierna, lo cual lo hizo aún más impactante. De un rápido tajo en la garganta con su machete, mi padre puso remató a la cría, y luego sin ningún miramiento empezó a destriparlo y sacarle las entrañas. Yo rompí a llorar y corrí a pegarle, a detenerle, a impedir que siguiera cometiendo esa atrocidad. Desgraciadamente, mi padre ignoró mis golpes y de un rápido movimiento me inmovilizó contra el hielo que pisaba, boca arriba. Mi padre me miró con unos ojos que nunca había visto. Eran azul celeste, como siempre, pero no era el color lo que me impresionaba, era la dureza de su mirada, la sabiduría que otorga una vida difícil, la autoridad de alguien adaptado a un mundo hostil. Siempre se había preocupado por mí y se había mostrado muy cariñoso. Ahora se me antojaba totalmente desconocido, tan frío como el entorno en el que vivíamos.
-Tyson, con esta muerte nosotros podremos sobrevivir. Habrá carne en la mesa para cenar ¿Prefieres pasar hambre? Te aseguro que ella acabará contigo igual que yo acabo de hacerlo con este animal.

Al principio no lo entendí. No quise entenderlo, mi padre no podía tener la razón, alguien capaz de matar con tanta sangre fría a un recién nacido no podía estar en lo cierto.
Me encerré en mi cuarto y me negué a comer. Las plantas que crecían allí eran escasas, y todas eran duras y correosas como la suela de mis botas, así que la carne era toda nuestra dieta. Aguanté una semana de ayuno, subsistiendo a base de mascar hielo para mitigar la sed. Pero el agujero en mi estómago seguía agrandándose día tras día, rugiendo como si un oso polar se hubiera alojado en mis entrañas, clamando desesperado el sustento que necesitaba para subsistir. Y yo, obcecado en mi posición, se lo negaba.
Al octavo día, mi padre preparó unos tronchos de carne asados, cuyo olor se expandió por la habitación como una aromática y silenciosa explosión. Mi cuerpo lo detectó enseguida, y decidí que no podía seguir así. Salí de mi guarida y devoré tres grandes trozos de carne. Mi padre me sonrió satisfecho.

La existencia es una batalla continua contra la muerte, una tregua que luchamos cada día por prolongar, por escapar de nuestro oscuro destino. Y para ellos debemos tomar las vidas de otros, para que la nuestra prosiga y nuestro corazón siga latiendo. Quizás sea una visión egoísta, pero yo acabé asumiéndola como la regla de oro. La naturaleza era igual. Los depredadores cazaban a las presas para poder vivir, no porque ellos fueran malvados, sino porque lo necesitaban tanto como ellas escapar de sus garras. Las focas que cazábamos nosotros se alimentaban de pingüinos, y éstos a su vez de peces, y éstos de algas. Todos querían comer y sabían que debían evitar lo contrario. La lección fue dura, pero le agradecí a mi padre que me abriera los ojos. Así desarrollé una gran empatía por los animales, pues ellos mismos eran sabios, a su instintiva y primitiva manera, y compartieron sus conocimientos conmigos. Aprendí a acechar como los lobos árticos, a cuidar de los más desvalidos como las madres hacían con sus crías, a ser paciente y a ser fiero.

Un día, sin embargo, aprendí una nueva lección.
La existencia es una batalla, pero había algo mucho más cruel y perverso, retorcido y oscuro como una noche sin luna.
La guerra.
Mi aldea fue asolada por una partida de los que se anunciaban como "El Imperio". Decían que necesitaban todas nuestras reservas de víveres para luchar por unos gobernantes que no sabía ni que existían.
El final fue trágico, se perdieron muchas vidas, aunque al final logramos rechazarlos. Dos de mis hermanos perecieron en la pelea, mientras con mi arpón me defendía y atacaba movido por una furia asesina. Odio, por aquellos que sin motivo nos atacaron. Ira, por todo lo que estaba destruyéndose ante mis ojos. No pensé, sólo dejé que mis músculos y mis sentimientos desatados guiaran mi arma al interior de cuantos se me ponían por delante.

Nos tuvimos que hospedar en una ciudad más grande, bastante cerca de nuestra aldea, a tres días de camino. Antes de marchar, enterré a mis hermanos caídos en la nieve, junto con unos collares que les habían pertenecido. Me sentía dolido, confuso y cansado ¿Por qué había pasado todo esto? Se salía de mi mundo, de mis conocimientos, de matar para sobrevivir. Aquello había tenido un trasfondo más complejo y oscuro, algo que sólo mentes retorcidas tramarían, y cuyos motivos no podía ni quería entender.
Quise vengarme, destruir a quiénes me habían hecho tanto daño, a mí y a mi gente, por motivos absurdos. En ese momento oí un quejido lastimero, y vi que cerca había una persona de oscura piel morena y ojos llameantes. Tenía un amplio corte en el vientre que no dejaba de escupir sangre y las vísceras asomaban, amarillas y repugnantes, desde el interior. Parecía estar pasando por un terrible dolor, a juzgar por la expresión apretada y arrugada en su rostro. Agarré mi arma y me dispuse a empezar mi venganza con ese hombre.
-Por favor...
Apenas si musitó las palabras, pero bastó para que me diera cuenta de lo que quería. De un rápido golpe, acabé con su sufrimiento. El también era una persona, una historia que terminaba, por motivos que seguramente no había elegido. Con el tiempo me di cuenta de ello.
Vi entonces la punta de mi arpón, chorreando sangre que teñía mis ropas, mi piel y el blanco del suelo de un vivo escarlata. Aquel rojo era la vida que había arrebatado a otros sin necesitarlo.
Le di una patada al arma que la mandó volando lejos. A partir de ese día, juré que jamás volvería a empuñar un arma para asesinar a nadie.
Tyson Tyler
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Aprendiz de Domador

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